“El valle... Aquel valle significaba mucho para Daniel, el Mochuelo.
Bien mirado, significaba todo para él. En el valle había nacido y, en
once años, jamás franqueó la cadena de altas montañas que lo circuían.
Ni experimentó la necesidad de hacerlo siquiera.
A veces, Daniel, el Mochuelo, pensaba que su padre, y el cura, y el
maestro, tenían razón, que su valle era como una gran olla
independiente, absolutamente aislada del exterior. Y, sin embargo, no
era así; el valle tenía su cordón umbilical, un doble cordón umbilical,
mejor dicho, que lo vitalizaba al mismo tiempo que lo maleaba: la vía
férrea y la carretera. Ambas vías atravesaban el valle de sur a norte,
provenían de la parda y reseca llanura de Castilla y buscaban la llanura
azul del mar. Constituían, pues, el enlace de dos inmensos mundos
contrapuestos.
En su trayecto por el valle, la vía, la carretera y el río -que se
unía a ellas después de lanzarse en un frenesí de rápidos y torrentes
desde lo alto del Pico Rando- se entrecruzaban una y mil veces, creando
una inquieta topografía de puentes, túneles, pasos a nivel y viaductos.
En primavera y verano, Roque, el Moñigo, y Daniel, el Mochuelo,
solían sentarse, al caer la tarde, en cualquier leve prominencia y desde
allí contemplaban, agobiados por una unción casi religiosa, la lánguida
e ininterrumpida vitalidad del valle. La vía del tren y la carretera
dibujaban, en la hondonada, violentos y frecuentes zigzags; a veces se
buscaban, otras se repelían, pero siempre, en la perspectiva, eran como
dos blancas estelas abiertas entre el verdor compacto de los prados y
los maizales. En la distancia, los trenes, los automóviles y los blancos
caseríos tomaban proporciones de diminutas figuras de «nacimiento»
increíblemente lejanas y, al propio tiempo, incomprensiblemente próximas
y manejables. En ocasiones se divisaban dos y tres trenes
simultáneamente, cada cual con su negro penacho de humo colgado de la
atmósfera, quebrando la hiriente uniformidad vegetal de la pradera. ¡Era
gozoso ver surgir las locomotoras de las bocas de los túneles! Surgían
como los grillos cuando el Moñigo o él orinaban, hasta anegarlas, en las
huras del campo. Locomotora y grillo evidenciaban, al salir de sus
agujeros, una misma expresión de jadeo, amedrentamiento y ahogo.
Le gustaba al Mochuelo sentir sobre sí la quietud serena y reposada
del valle, contemplar el conglomerado de prados, divididos en parcelas y
salpicados de caseríos dispersos. Y, de vez en cuando, las manchas
oscuras y espesas de los bosques de castaños o la tonalidad clara y mate
de las aglomeraciones de eucaliptos. A lo lejos, por todas partes, las
montañas, que, según la estación y el clima, alteraban su contextura,
pasando de una extraña ingravidez vegetal a una solidez densa, mineral y
plomiza en los días oscuros.
Al Mochuelo le agradaba aquello más que nada, quizá, también, porque
no conocía otra cosa. Le agradaba constatar el paralizado estupor de los
campos y el verdor frenético del valle y las rachas de ruido y
velocidad que la civilización enviaba de cuando en vez, con una
exactitud casi cronométrica.
Muchas tardes, ante la inmovilidad y el silencio de la naturaleza,
perdían el sentido del tiempo y la noche se les echaba encima. La bóveda
del firmamento iba poblándose de estrellas y Roque, el Moñigo, se
sobrecogía bajo una especie de pánico astral”.
1. Ponle un título al texto.
2. De qué trata el texto.
3. ¿Qué le decían a Daniel acerca del valle?
4. ¿Cómo era el valle realmente?
5. ¿Qué dibujaban la vía del tren y las carreteras?
6. ¿Qué le gustaba hacer a Daniel?
7 .¿ Qué le pasaba muchas tardes, ante la inmovilidad y el silencio de la naturaleza?
8. ¿Quién fue Miguel Delibes? Pincha en su nombre y escribe lo que le dirías a un compañero de 3º acerca de este escritor.
9. Habiendo leído esta descripción de un valle, haz ahora tú otra descripción acerca del valle de Ponferrada.




